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Enrique Rodriguez Balsa, experto en Recursos Humanos
Los Recursos Humanos cuánticos (VIII): "Entropía y Empatía cuántica"
POR Enrique Rodriguez Balsa, experto en Recursos Humanos, 00:01 - 18 de Diciembre del 2020
Los Recursos Humanos cuánticos (VIII):

La segunda ley de la termodinámica: esa gran desconocida. Entre otros, por mí.

La cantidad de entropía del universo tiende a incrementarse en el tiempo”; es decir, que la entropía -una medida del desorden- no disminuye nunca en un  sistema aislado: el vidrio se rompe, la nata se dispersa en el café, los huevos se quedan revueltos, pero nunca al revés. Por eso el calor siempre pasa de lo caliente a lo frío: de esa forma aumenta la entropía del conjunto.

Es una ley tan fundamental para nuestra realidad física, que algunos físicos creen que a ella se debe el aparente fluir del tiempo. Creedme, hermanos de Humanidades, este principio ha informado las teorías acerca de nuestro mundo observable con una precisión machacona. El universo tiende al caos, al desorden y a la dispersión, sin vuelta atrás. ¿Seguro? Seguro. ¿Seguro?...pues no.

Por decirlo pedante, resulta que “las correlaciones cuánticas invierten la flecha termodinámica del tiempo”. Es decir, que experimentos recientes muestran que la mecánica cuántica puede explicar que el calor fluya de un cuerpo frío a uno caliente;  una violación aparente -pero no real- de la segunda ley de la termodinámica. El entrelazamiento cuántico, esa asombrosa propiedad del mundo subatómico por el que dos partículas muestran un estado idéntico –su probabilidad- a distancias inimaginables y de modo instantáneo, permite también que en ese sistema no sólo se produzca un caos mayor –un mayor grado de entropía- sino que pueda revertirse la mencionada “flecha del tiempo”: el calor emana del cuerpo frío hacia el más caliente, las gotitas se reúnen en un flujo común tras ser vertidas, la materia puede volver a nacer del fuego purificador. Vamos, como una segunda oportunidad de deshacer lo quemado, vertido o fulminado.

En nuestro mundo de partículas cuánticas humanas subdepartamentales –los “quienes”- también se produce la paradoja. O como decía a menudo uno de mis primeros jefes, la “parajoda”. Lo caótico no tiende necesariamente a lo más caótico; casi todo tiene solución, si se juega con las reglas de la lógica cuántica.

Tuve un profesor en el IESE del que se contaban historias extravagantes. Nunca le vi personalizarlas, por lo que me remitiré a lo que le oí en una clase magistral acerca de la gestión de proyectos: “una empresa es un conjunto de gente, mayoritariamente vestida de mono azul  -su experiencia estaría limitada a cierto tipo de compañías fabriles, con seguridad- que se caracteriza por hacer lo que le da la gana”. Y así es. Podemos engañarnos, repetirnos hasta la saciedad lo alineados que están nuestros comandos empresariales o mostrar cifras inequívocas chapadas en el oro fino del “people analytics”; al final, cada persona hace lo que le peta, cuando le peta y como le peta. Y no hay modo humano de controlar esa respuesta libre con precisión. Tampoco es prudente pretenderlo o presumir que se logra. La realidad subyacente mostrará tozudamente su verdadera cara, con el paso del tiempo o en situaciones críticas.

No he conocido una sola organización empresarial en la que la coordinación interdepartamental, la complementariedad de objetivos de las diferentes funciones o la creencia dominante de que se trata mejor a la gente de Comercial, de Producción, de Finanzas o de Internacional… no sean objeto de la crítica cotidiana de sus miembros. Dadme una empresa “Great Place to Work”, “Top Employer” o con reconocimientos parecidos y diez minutos en sus cafeterías, en la entrada de sus edificios –no ahora, claro, que no son más que lugares vacíos o poblados de distancia social- nos harán escuchar quejas relacionadas con la entropía empresarial: “así no se puede funcionar”, “a éstos les piden generar contactos y luego nos toca a nosotros gestionarlos sin medios”, “mucho anuncio de televisión, pero ya me gustaría ver al  creativo explicando al cliente real la letra pequeña”. Parece que todo tiende a irse desmoronando.

Se habla mucho en la actualidad del “propósito de una empresa”. Como en el caso de tantos otros términos atractivos, se habla más de ellos que con ellos. Me encanta la  cita que el filósofo y divulgador José Antonio Marina toma del clásico Diego de Covarrubias acerca del origen del vocablo “empresa”: “determinarse a tratar algún negocio arduo y dificultoso. Y porque los caballeros andantes acostumbraban pintar en sus escudos estos signos, se llamaron empresas. De esta manera que empresa es cierto símbolo o figura enigmática hecha con particular fin, enderezada a conseguir lo que se va a pretender.” Si el propósito no “endereza” los esfuerzos de los individuos por conseguir un “negocio arduo y dificultoso”, la “empresa” se encaminará indolente y descuidada hacia su entropía inevitable. Olvidará su determinación original y se preocupará más de la coraza, el yelmo, las plumas, las bridas o las monturas de los caballeros…que de alcanzar esas metas que un día le dieron la vida.

¿Y qué entorno físico y emocional facilitará el que nuestros “cuantos humanos” –los “quienes”- liberen sus energías propias más íntimas y colosales, entrelacen sus voluntades con otros “quienes” –replicando el alucinante entrelazamiento de las partículas subatómicas- y generen la reversión de la entropía –el desorden inevitable- de un sistema empresarial? Sólo hay un entorno deseable y considerable: la empatía.

Sí, lo sé, la empatía es otro término que ha vagado –vacío y empobrecido- antes que el “propósito” por los auditorios, las salas de formación y los manuales de autoayuda o de gestión empresarial. Y no ha sido muy bien tratada. Es más, se ha visto adulterada en fábricas interesadas, productoras de bajo valor añadido.

Me encanta y me aterra la definición de empatía manejada por una mujer –sabia, judía y mártir de la Iglesia Católica- que la elevó a la categoría de primera tesis doctoral en filosofía en Alemania: “experiencia de la conciencia ajena”. Así la consideró Edith Stein.

O se crea un entorno de constante y armónica sintonía empática con los “quienes” de una organización y con sus conciencias, que consistentemente declaran que buscan en la empresa y en sus jefes –por un orden muy similar a éste con gran frecuencia- respeto, reconocimiento, retribución, relación, reto, reaprendizaje…o los “quienes” no liberarán su capacidad cuántica de revertir la mediocridad organizativa –la peor forma de entropía de una corporación- hasta alcanzar la tan deseada “excelencia” empresarial.

¿Una utopía? Bueno, ya lo avisó uno de los padres de la Física Cuántica: “Una de las más grandes y más importantes herramientas del físico teórico es el cubo de basura.”, Richard  Feynman. Si alguien tan grande, no esperaba mucho más de sus –a menudo- grandes ideas, no seré yo el que lo haga con estas líneas de aficionado.

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