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Juan Tinoco, director Recursos Humanos de LG
La educación prohibida
POR Juan Tinoco, director Recursos Humanos de LG, 00:00 - 19 de Noviembre del 2014

 

Esta pasada semana recibí la invitación de una escuela de negocios para participar en una mesa redonda en la que se debatía acerca de talento y empleabilidad. Compartí mesa con un director general del Ministerio de Empleo, con profesores universitarios y asociaciones de estudiantes. Me sorprendió ser el único representante de empresa, además de la vicepresidenta del Círculo de Empresarios, ya que este tipo de foros suele estar casi monopolizado por directores de recursos humanos de grandes corporaciones. El debate en sí fue más interesante de lo que yo mismo esperaba, existió disenso en algunos puntos de vista y se dieron mensajes constructivos para concluir que todos los agentes (comunidad universitaria, empresas e instituciones y organismos públicos) tenemos responsabilidad en la misión de reducir la brecha existente entre el sistema educativo, como productor de talento, y el ámbito profesional y empresarial, como gran receptor de dicho talento.
Selectividad003
Durante la intervención del representante de los rectores, comencé a recordar mi primera etapa universitaria y me di cuenta de que después de casi veinte años, y a pesar de las modificaciones que ha implicado el Plan Bolonia, en la base del sistema nada ha cambiado realmente. Siempre me he considerado un privilegiado en lo que a educación se refiere, y cada día doy gracias por la suerte que he tenido, pero ello no es óbice para que yo mismo experimentara ese abismo que existe entre la preparación universitaria y la capacitación que de verdad es necesaria para desempeñar un puesto de trabajo en la empresa.
Es cierto que los representantes de las empresas suelen quejarse amargamente de este hecho, pero también es cierto que colectivamente no somos precisamente el ejemplo a seguir. Son pocas las empresas que invierten de verdad en programas de desarrollo del talento para facilitar la adaptación de los estudiantes universitarios. Las limitaciones presupuestarias, de contratación de personal, administrativas… son las razones que solemos esgrimir para justificar por qué no podemos crear programas de jóvenes talentos, graduate programs o cualquier otro nombre glamuroso que queramos darles.
Si en esto no somos ejemplo, menos todavía lo somos en el caso de la formación que facilitamos a nuestros empleados. Se nos llena la boca a la hora de criticar el sistema educativo y en todos estos foros alardeamos sobre nuestra inversión en programas formativos que están basados en las últimas tendencias de educación para adultos. No hay empresa que se precie que no hable de la neurociencia, el aprendizaje colaborativo, el sistema 70/20/10, la pirámide de aprendizaje y otros modelos basados en la psicología positiva y la pedagogía moderna. Pero si rascamos un poco y analizamos la metodología formativa que de verdad estamos dando a nuestros empleados, la gran mayoría no se aleja del tradicional método unidireccional en el que hacemos que se ausenten 8 o 16 horas de su puesto de trabajo para recibir una clase magistral de algún consultor gurú. Luego lo aderezamos con tres o cuatro dinámicas y ya decimos que es una metodología moderna que facilita el aprendizaje. Pero no es así. Si es usted un empleado de empresa privada, yo le preguntaría ¿cómo está aplicando el curso de habilidades que recibió hace dos o tres años, si es que alguna vez ha recibido alguno? El seguimiento de la aplicación de la formación al puesto de trabajo es la eterna asignatura pendiente. No importa, la empresa ha cumplido su objetivo y ya puede poner en su memoria anual que ha invertido no sé cuántos cientos de horas de formación en sus empleados. Eso sí, no le pregunte si ha servido para algo, en cuánto se han incrementado las ventas o en qué medida ha mejorado la eficiencia y productividad. Nadie se lo va a decir.
Seguía hablando el representante de los rectores y mi reflexión seguía fluyendo. Me di cuenta que tanto el sistema educativo como la formación de empresa adolece de las mismas deficiencias. Y estamos imbuidos en un círculo vicioso, en el que la universidad o los centros de formación profesional se quejan de que las empresas no facilitan a los alumnos aprender la realidad del mundo laboral y las empresas, a su vez, no entienden por qué los primeros no adaptan de una vez sus programas para que los alumnos salgan de preparados y «listos para ser contratados» en lugar de tener que invertir tiempo y dinero en enseñarles cómo se trabaja de verdad.
Y recordé que desde hace tiempo me han hablado de un documental que trata precisamente sobre esta situación. Se llama La Educación Prohibida y no solo es que se pueda ver en internet, sino que incluso sus creadores, pertenecientes a la Red de Educación Alternativa, fomentan su difusión gratuita. Se estrenó en agosto de 2012 y recoge entrevistas a educadores, académicos, investigadores y autores expertos en la materia que son partidarios de un nuevo enfoque en el sistema. No es algo nuevo, ya que desde hace décadas existen corrientes educativas que siguen esta postura (Montessori o Waldorf por ejemplo), pero que por la presión del propio sistema instaurado no se hacen más populares.
El documental pretende ser una especie de Morfeo que permite a Neo conocer la realidad de Matrix, si me permiten ustedes hacer un símil con la afamada película de los hermanos Wachowski. Nos habla del origen de nuestro sistema actual y busca la reflexión sobre si es posible otro modelo educativo en el que los niños exploten todo su potencial real. La dicotomía reside en la elección del modelo de Atenas o del modelo de Esparta. En Atenas, filósofos como Sócrates o Platón educaban a través de la pregunta, puesto que su objetivo era generar ciudadanos que tuvieran capacidad de raciocinio, de gestión, de mejora continua, de contribución a su sociedad. Era una educación experimental, solo los esclavos tenían una educación de tipo obligatoria y predeterminada.
En Esparta, el objetivo fundamental de la polis era producir soldados, una fuerza militar unificada y sin fisuras que permitiese la defensa frente a las agresiones externas. Frente a sus vecinos atenienses que buscaban la libertad, en Esparta lo que interesaba es la igualdad. Y para ello, en lugar de la reflexión y la pregunta, la base del sistema está en dar una respuesta. Clases obligatorias, con sistema de castigos, para todos (los físicamente válidos), que deben recibir la misma educación, para ser igual de fuertes, estar igualmente instruidos y de esa forma actuar como un todo en el campo de batalla sin permitir disensiones. Los valores sociales se moldeaban con la educación: la muerte en el campo de batalla era el destino natural de todo espartano. O volvían vivos como vencedores o muertos, no se permitía la objeción de conciencia, y todos los niños asumían su destino con resignación. Nadie se plantea por qué hay que guerrear, si hay otro modo de desarrollo social. La guerra es una predeterminación de toda la sociedad espartana, nadie se lo cuestiona y el que lo hace queda fuera del sistema.
Pues bien, esta dualidad de educación para la libertad o educación para la igualdad es la que subyace en nuestro sistema. Y aquí viene lo sorprendente. La educación pública, gratuita y obligatoria fue una creación social que tuvo lugar en un momento muy determinado de la Historia, en el despotismo ilustrado del Siglo XVIII. Antes, la educación estaba monopolizada por la Iglesia. Con el objetivo de evitar los levantamientos que se habían dado en la vecina Francia, Prusia buscaba un modelo que le permitiese controlar al pueblo. La escuela prusiana tomó como referencia el modelo espartano, fomentando la disciplina y la obediencia de un pueblo que estuviera preparado para todos los conflictos que los gobernantes sabían que estaban por llegar, o más bien que se estaban buscando.
El propio Napoleón identificó que la instauración de un sistema educativo que llegase a toda la ciudadanía, disfrazado en los ideales que habían impulsado la revolución, podía otorgarle la capacidad de dirigir las masas hacia su empresa imperialista. Poco a poco, con el éxito del modelo en Prusia, académicos de otros países tomaron este modelo prusiano referencia y se extendió al resto de países europeos y americanos, enarbolando la bandera de la igualdad. Curiosamente, grandes empresarios como Henry Ford, JP Morgan o John Rockefeller articularon fundaciones para financiar la educación pública y obligatoria que nutriese a sus empresas con mano de obra cualificada que trabajase bajo el sistema de industria taylorista.
La educación de hoy es estática. Aunque ahora los contenidos están accesibles desde cualquier teléfono móvil, a pesar de que las materias cambian de forma constante por el ritmo de innovación, nuestro modelo sigue basado en la memorización de contenido. Es decir, se basa en la respuesta. La valoración del alumno en función de calificaciones marcan la inclusión o exclusión del sistema: si te portas bien y memorizas lo que pone en el libro o lo que digo en clase, recibes el reconocimiento social de la calificación sobresaliente. En función del resultado, los alumnos quedan etiquetados y agrupados en colectivos suspensos, aprobados, sobresalientes, siendo indiferente si la medición es sobre 10, sobre 14, si utilizamos letras o una campana de Gauss.
Hay estudios que afirman que el 98% de los niños podrían ser considerados como genios a la edad de 5 años. 15 años más tarde, el porcentaje de niños que mantiene esas capacidades es tan solo del 10%. ¿Podemos asegurar entonces que nuestro sistema educativo está diseñado para desarrollar el potencial del individuo? ¿Cómo sería nuestro mundo hoy si desde hace doscientos años tuviésemos un sistema distinto? Solo podemos especular.
No sé ustedes, pero uno se siente un poco como Neo en la citada película de Matrix. El deseo de ser libre te lleva a buscar la verdad de lo que ocurre, la respuesta a por qué tenemos el sistema que tenemos. Lamentablemente la realidad es decepcionante y una vez que has salido de Matrix, una vez que conocemos la razón por la que nuestro sistema educativo es como es, solo nos queda luchar para conseguir cambiarlo, empezando por cómo enfocamos la educación de nuestros propios hijos en casa. Queremos que piensen, que tengan criterio, que sean creativos y triunfen en sus vidas profesionales, pero lo que hacemos durante años es darles órdenes (se calcula que un niño recibe de media unas 400 órdenes diarias). Les premiamos cuando se portan bien y les castigamos cuando no hacen lo que les decimos… vaya, se parece un poco al sistema conductista de Esparta.
Es desolador ser consciente del poder que da el control de la educación. Y esto me lleva a recordar una reciente conversación con uno de mis mejores amigos acerca de la situación en Cataluña. Él, catalán de los del pá amb tomaca, es de los que siempre se ha sentido catalán y español, español y catalán, pero ha vivido una evolución personal en los últimos años al descubrir lo que los sucesivos gobiernos han hecho. Su indignación con la situación actual es total, y yo coincido con él en que el problema radica en el modelo en sí mismo, junto con las constantes cesiones de competencia, en apariencia inofensivas, de todos los gobiernos nacionales hasta que se han exprimido al máximo las posibilidades del sistema autonómico.
Soy especialmente sensible a la cuestión catalana puesto que, además de tener muchos amigos catalanes, vivía en Barcelona justo cuando gobernó el tripartito y se votó con poco más del 30% de apoyo, el famoso Estatut que supuso el germen del resurgir nacionalista. Y hay un factor que este amigo destaca y otorga todo el sentido a este concepto de la Educación Prohibida. ¿Saben ustedes cuáles son las dos primeras competencias cuya cesión consiguió el señor Pujol para la Generalitat? Sanidad y Educación. El control del sistema y sus contenidos han sido un eje clave de la construcción de las comunidades autónomas históricas. Y aquí, aunque con muchos matices, incluyo también a nuestra comunidad. Por alguna razón que desconozco, los últimos 70 años de la Historia del s. XX en España estaban prácticamente desaparecidos en mi libro de texto cuando estudiaba BUP.
Me encontraba sentado escuchando al representante de los rectores y es como si tuviese a Morfeo frente a mí, mirándome fijamente, con cara de condescendencia, diciéndome «tú elegiste saber la verdad». Los libros de texto editados por los gobiernos autonómicos, las Ikastolas, las Escolas en las que se está incluso planteando dar más horas de árabe que de castellano… Todo tiene sentido. Y yo preocupado por la brecha entre universidad y empresa. La cuestión es mucho más profunda y mucho más grave. Se trata de qué queremos ser como sociedad, de cuál es el modelo de desarrollo y pensamiento que tenemos, y si tenemos capacidad para preguntarnos el por qué de las cosas. De hasta qué punto estamos dispuestos a llegar a cambio de este supuesto activo del Estado del Bienestar. La eterna dicotomía entre libertad e igualdad. Entre vivir felices en la ignorancia o desolados en la verdad.
Nelson Mandela dijo que «la educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo». La cuestión entonces es, ¿quién va a cambiar a quién?

Esta pasada semana recibí la invitación de una escuela de negocios para participar en una mesa redonda en la que se debatía acerca de talento y empleabilidad. Compartí mesa con un director general del Ministerio de Empleo, con profesores universitarios y asociaciones de estudiantes. Me sorprendió ser el único representante de empresa, además de la vicepresidenta del Círculo de Empresarios, ya que este tipo de foros suele estar casi monopolizado por directores de recursos humanos de grandes corporaciones. El debate en sí fue más interesante de lo que yo mismo esperaba, existió disenso en algunos puntos de vista y se dieron mensajes constructivos para concluir que todos los agentes (comunidad universitaria, empresas e instituciones y organismos públicos) tenemos responsabilidad en la misión de reducir la brecha existente entre el sistema educativo, como productor de talento, y el ámbito profesional y empresarial, como gran receptor de dicho talento.

Selectividad003

Durante la intervención del representante de los rectores, comencé a recordar mi primera etapa universitaria y me di cuenta de que después de casi veinte años, y a pesar de las modificaciones que ha implicado el Plan Bolonia, en la base del sistema nada ha cambiado realmente. Siempre me he considerado un privilegiado en lo que a educación se refiere, y cada día doy gracias por la suerte que he tenido, pero ello no es óbice para que yo mismo experimentara ese abismo que existe entre la preparación universitaria y la capacitación que de verdad es necesaria para desempeñar un puesto de trabajo en la empresa.

Es cierto que los representantes de las empresas suelen quejarse amargamente de este hecho, pero también es cierto que colectivamente no somos precisamente el ejemplo a seguir. Son pocas las empresas que invierten de verdad en programas de desarrollo del talento para facilitar la adaptación de los estudiantes universitarios. Las limitaciones presupuestarias, de contratación de personal, administrativas… son las razones que solemos esgrimir para justificar por qué no podemos crear programas de jóvenes talentos, graduate programs o cualquier otro nombre glamuroso que queramos darles.

Si en esto no somos ejemplo, menos todavía lo somos en el caso de la formación que facilitamos a nuestros empleados. Se nos llena la boca a la hora de criticar el sistema educativo y en todos estos foros alardeamos sobre nuestra inversión en programas formativos que están basados en las últimas tendencias de educación para adultos. No hay empresa que se precie que no hable de la neurociencia, el aprendizaje colaborativo, el sistema 70/20/10, la pirámide de aprendizaje y otros modelos basados en la psicología positiva y la pedagogía moderna. Pero si rascamos un poco y analizamos la metodología formativa que de verdad estamos dando a nuestros empleados, la gran mayoría no se aleja del tradicional método unidireccional en el que hacemos que se ausenten 8 o 16 horas de su puesto de trabajo para recibir una clase magistral de algún consultor gurú. Luego lo aderezamos con tres o cuatro dinámicas y ya decimos que es una metodología moderna que facilita el aprendizaje. Pero no es así. Si es usted un empleado de empresa privada, yo le preguntaría ¿cómo está aplicando el curso de habilidades que recibió hace dos o tres años, si es que alguna vez ha recibido alguno? El seguimiento de la aplicación de la formación al puesto de trabajo es la eterna asignatura pendiente. No importa, la empresa ha cumplido su objetivo y ya puede poner en su memoria anual que ha invertido no sé cuántos cientos de horas de formación en sus empleados. Eso sí, no le pregunte si ha servido para algo, en cuánto se han incrementado las ventas o en qué medida ha mejorado la eficiencia y productividad. Nadie se lo va a decir.

Seguía hablando el representante de los rectores y mi reflexión seguía fluyendo. Me di cuenta que tanto el sistema educativo como la formación de empresa adolece de las mismas deficiencias. Y estamos imbuidos en un círculo vicioso, en el que la universidad o los centros de formación profesional se quejan de que las empresas no facilitan a los alumnos aprender la realidad del mundo laboral y las empresas, a su vez, no entienden por qué los primeros no adaptan de una vez sus programas para que los alumnos salgan de preparados y «listos para ser contratados» en lugar de tener que invertir tiempo y dinero en enseñarles cómo se trabaja de verdad.

Y recordé que desde hace tiempo me han hablado de un documental que trata precisamente sobre esta situación. Se llama La Educación Prohibida y no solo es que se pueda ver en internet, sino que incluso sus creadores, pertenecientes a la Red de Educación Alternativa, fomentan su difusión gratuita. Se estrenó en agosto de 2012 y recoge entrevistas a educadores, académicos, investigadores y autores expertos en la materia que son partidarios de un nuevo enfoque en el sistema. No es algo nuevo, ya que desde hace décadas existen corrientes educativas que siguen esta postura (Montessori o Waldorf por ejemplo), pero que por la presión del propio sistema instaurado no se hacen más populares.

El documental pretende ser una especie de Morfeo que permite a Neo conocer la realidad de Matrix, si me permiten ustedes hacer un símil con la afamada película de los hermanos Wachowski. Nos habla del origen de nuestro sistema actual y busca la reflexión sobre si es posible otro modelo educativo en el que los niños exploten todo su potencial real. La dicotomía reside en la elección del modelo de Atenas o del modelo de Esparta. En Atenas, filósofos como Sócrates o Platón educaban a través de la pregunta, puesto que su objetivo era generar ciudadanos que tuvieran capacidad de raciocinio, de gestión, de mejora continua, de contribución a su sociedad. Era una educación experimental, solo los esclavos tenían una educación de tipo obligatoria y predeterminada.

En Esparta, el objetivo fundamental de la polis era producir soldados, una fuerza militar unificada y sin fisuras que permitiese la defensa frente a las agresiones externas. Frente a sus vecinos atenienses que buscaban la libertad, en Esparta lo que interesaba es la igualdad. Y para ello, en lugar de la reflexión y la pregunta, la base del sistema está en dar una respuesta. Clases obligatorias, con sistema de castigos, para todos (los físicamente válidos), que deben recibir la misma educación, para ser igual de fuertes, estar igualmente instruidos y de esa forma actuar como un todo en el campo de batalla sin permitir disensiones. Los valores sociales se moldeaban con la educación: la muerte en el campo de batalla era el destino natural de todo espartano. O volvían vivos como vencedores o muertos, no se permitía la objeción de conciencia, y todos los niños asumían su destino con resignación. Nadie se plantea por qué hay que guerrear, si hay otro modo de desarrollo social. La guerra es una predeterminación de toda la sociedad espartana, nadie se lo cuestiona y el que lo hace queda fuera del sistema.

Pues bien, esta dualidad de educación para la libertad o educación para la igualdad es la que subyace en nuestro sistema. Y aquí viene lo sorprendente. La educación pública, gratuita y obligatoria fue una creación social que tuvo lugar en un momento muy determinado de la Historia, en el despotismo ilustrado del Siglo XVIII. Antes, la educación estaba monopolizada por la Iglesia. Con el objetivo de evitar los levantamientos que se habían dado en la vecina Francia, Prusia buscaba un modelo que le permitiese controlar al pueblo. La escuela prusiana tomó como referencia el modelo espartano, fomentando la disciplina y la obediencia de un pueblo que estuviera preparado para todos los conflictos que los gobernantes sabían que estaban por llegar, o más bien que se estaban buscando.

El propio Napoleón identificó que la instauración de un sistema educativo que llegase a toda la ciudadanía, disfrazado en los ideales que habían impulsado la revolución, podía otorgarle la capacidad de dirigir las masas hacia su empresa imperialista. Poco a poco, con el éxito del modelo en Prusia, académicos de otros países tomaron este modelo prusiano referencia y se extendió al resto de países europeos y americanos, enarbolando la bandera de la igualdad. Curiosamente, grandes empresarios como Henry Ford, JP Morgan o John Rockefeller articularon fundaciones para financiar la educación pública y obligatoria que nutriese a sus empresas con mano de obra cualificada que trabajase bajo el sistema de industria taylorista.

La educación de hoy es estática. Aunque ahora los contenidos están accesibles desde cualquier teléfono móvil, a pesar de que las materias cambian de forma constante por el ritmo de innovación, nuestro modelo sigue basado en la memorización de contenido. Es decir, se basa en la respuesta. La valoración del alumno en función de calificaciones marcan la inclusión o exclusión del sistema: si te portas bien y memorizas lo que pone en el libro o lo que digo en clase, recibes el reconocimiento social de la calificación sobresaliente. En función del resultado, los alumnos quedan etiquetados y agrupados en colectivos suspensos, aprobados, sobresalientes, siendo indiferente si la medición es sobre 10, sobre 14, si utilizamos letras o una campana de Gauss.

Hay estudios que afirman que el 98% de los niños podrían ser considerados como genios a la edad de 5 años. 15 años más tarde, el porcentaje de niños que mantiene esas capacidades es tan solo del 10%. ¿Podemos asegurar entonces que nuestro sistema educativo está diseñado para desarrollar el potencial del individuo? ¿Cómo sería nuestro mundo hoy si desde hace doscientos años tuviésemos un sistema distinto? Solo podemos especular.

No sé ustedes, pero uno se siente un poco como Neo en la citada película de Matrix. El deseo de ser libre te lleva a buscar la verdad de lo que ocurre, la respuesta a por qué tenemos el sistema que tenemos. Lamentablemente la realidad es decepcionante y una vez que has salido de Matrix, una vez que conocemos la razón por la que nuestro sistema educativo es como es, solo nos queda luchar para conseguir cambiarlo, empezando por cómo enfocamos la educación de nuestros propios hijos en casa. Queremos que piensen, que tengan criterio, que sean creativos y triunfen en sus vidas profesionales, pero lo que hacemos durante años es darles órdenes (se calcula que un niño recibe de media unas 400 órdenes diarias). Les premiamos cuando se portan bien y les castigamos cuando no hacen lo que les decimos… vaya, se parece un poco al sistema conductista de Esparta.

Es desolador ser consciente del poder que da el control de la educación. Y esto me lleva a recordar una reciente conversación con uno de mis mejores amigos acerca de la situación en Cataluña. Él, catalán de los del pá amb tomaca, es de los que siempre se ha sentido catalán y español, español y catalán, pero ha vivido una evolución personal en los últimos años al descubrir lo que los sucesivos gobiernos han hecho. Su indignación con la situación actual es total, y yo coincido con él en que el problema radica en el modelo en sí mismo, junto con las constantes cesiones de competencia, en apariencia inofensivas, de todos los gobiernos nacionales hasta que se han exprimido al máximo las posibilidades del sistema autonómico.

Soy especialmente sensible a la cuestión catalana puesto que, además de tener muchos amigos catalanes, vivía en Barcelona justo cuando gobernó el tripartito y se votó con poco más del 30% de apoyo, el famoso Estatut que supuso el germen del resurgir nacionalista. Y hay un factor que este amigo destaca y otorga todo el sentido a este concepto de la Educación Prohibida. ¿Saben ustedes cuáles son las dos primeras competencias cuya cesión consiguió el señor Pujol para la Generalitat? Sanidad y Educación. El control del sistema y sus contenidos han sido un eje clave de la construcción de las comunidades autónomas históricas. Y aquí, aunque con muchos matices, incluyo también a nuestra comunidad. Por alguna razón que desconozco, los últimos 70 años de la Historia del s. XX en España estaban prácticamente desaparecidos en mi libro de texto cuando estudiaba BUP.

Me encontraba sentado escuchando al representante de los rectores y es como si tuviese a Morfeo frente a mí, mirándome fijamente, con cara de condescendencia, diciéndome «tú elegiste saber la verdad». Los libros de texto editados por los gobiernos autonómicos, las Ikastolas, las Escolas en las que se está incluso planteando dar más horas de árabe que de castellano… Todo tiene sentido. Y yo preocupado por la brecha entre universidad y empresa. La cuestión es mucho más profunda y mucho más grave. Se trata de qué queremos ser como sociedad, de cuál es el modelo de desarrollo y pensamiento que tenemos, y si tenemos capacidad para preguntarnos el por qué de las cosas. De hasta qué punto estamos dispuestos a llegar a cambio de este supuesto activo del Estado del Bienestar. La eterna dicotomía entre libertad e igualdad. Entre vivir felices en la ignorancia o desolados en la verdad.

Nelson Mandela dijo que «la educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo». La cuestión entonces es, ¿quién va a cambiar a quién?

 

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