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Ana Castillo, Culture & Talent Design Manager en Aquora Business Education
'Acompáñame a salir', finalista del 12º Premio Literario RRHHDigital
POR Ana Castillo, Culture & Talent Design Manager en Aquora Business Education, 00:01 - 17 de Noviembre del 2021
 'Acompáñame a salir', finalista del 12º Premio Literario RRHHDigital

“Estás despedida. Te puedo asegurar que desde el departamento lo hemos intentado todo para evitarlo, pero eres la más barata de despedir. Desde dirección y recursos humanos no nos han dado más opciones. Ya sabes, la crisis…”

Aquella sala de reuniones donde predominaban los colores vivos y por donde entraba siempre una maravillosa luz blanca, se volvió completamente gris a mis ojos. Salí de allí directamente al baño de la tercera planta. Esos dos metros cuadrados se convirtieron en mi refugio durante los siguientes minutos o quizás fueron horas. El reloj en aquel momento dejó de contar.

Cerré la puerta y me miré fijamente en aquel enorme espejo. Era yo. Me habían despedido. No podía ser.

Lloré. Mi cabeza no paraba de pensar qué iba a ser de mí a partir de ese instante. Había renunciado a mi anterior posición por entrar en aquella organización, por dar lo mejor de mi esencia con un nuevo equipo, por compartir mis competencias en proyectos que me apasionaban y visitar cada semana un ratito esos espacios físicos donde las personas comienzan sueños y programan parte de su futuro. Lloré más y más. No sabía qué hacer, a quién llamar, a dónde ir. Me sentía avergonzada sin saber realmente el motivo, por momentos la rabia me hacía golpear la fría pared y en cuestión de segundos me caía al suelo mareada con la vista nublaba por el miedo. Era el fin, o por lo menos así me lo parecía a mí.

No recuerdo muy bien cómo salí de allí, pero si a donde fui. Directa a un espacio conocido. Mi casa, mi sofá, mi manta verde. Ahí donde me sentía protegida o por lo menos donde nadie me vería con aquella imagen de fracaso que mi mente estaba proyectando en todo mi cuerpo desde que mi sistema auditivo había escuchado las palabras malditas: “Estás despedida”.

Al día siguiente, sin apenas tiempo de digerir aquella toma de decisiones en la que no había tenido oportunidad de opinar, llegó el momento de ir al despacho de recursos humanos. Nunca había estado allí, tampoco sabía dónde estaba, ni quién habría detrás de aquella puerta. La entrevista me la había hecho el director del Departamento Técnico y la responsable de este y el contrato lo firmé con ellos directamente. Al entrar en aquella sala pregunté por la persona de recursos humanos. Muy amablemente me indicaron que subiera las escaleras metálicas y esperase fuera a que me atendiera, ya que estaba en una reunión y no tardaría en terminar.

No sabía su nombre. Desde dentro, sin ni siquiera moverse de su mesa me dijo que pasara. Aquel hombre rubio, de grandes ojos verdes, con traje marrón y corbata azul sin mucha combinación se limitó a entregarme fríamente una carta donde ponía que mi contrato había terminado con una compensación de 8 días por año trabajado y me señaló con el dedo índice donde tenía que firmar. No hubo una mirada de compasión o una palabra de consuelo. Únicamente un boli y una mano que marcaba con una “x” en el papel el lugar preciso dónde quería que aceptase las cláusulas del despido.

“¿Me vais a despedir con estas condiciones? Sabes que no es lo que corresponde por ley.” Le dije.

“Lo sabemos. Nos puedes denunciar si quieres.” Me contestó.

“No me lo puedo creer. Allí nos veremos”, afirmé.

Salí de aquella sala directamente hacia el despacho del abogado entre el agotamiento y la incredulidad. Distancia. Decepción. A esto le llaman Recursos Humanos. Humanidad. ¿En serio?

No, no lo volví a ver. No se presentó al acto de conciliación.

Y a partir de ahí comenzó una nueva realidad. La del cambio y transformación. La que nunca podría haber imaginado.

La vida es cambio, pero el cambio da miedo. Ahora lo entiendo, pero en ese momento no, el cerebro está conectado para la supervivencia, no para la felicidad. Y ante una situación como un despido inesperado donde no hay más explicación que una falta de recursos la imaginación se encarga de hacer el resto. Porque, aunque el contexto de crisis nos invite a pensar que en el exterior está la causa que ha provocado la situación, muchas personas hemos vivido ese proceso desde la culpabilidad y la sensación de fracaso.

Claro que ya vendrán nuevas oportunidades, que pronto me recuperaré o que soy una persona fuerte, pero a veces, las personas de gran espíritu también caemos y nos cuesta levantarnos interiormente, aunque por fuera sigamos viviendo una vida de fortaleza y admiración hacia los demás. Que por fuera me veas sonreír no quiere decir que por dentro no me sienta rota. No me sienta sola. No me sienta a punto de rendirme.

Porque esta situación a veces nos desgarra interiormente y no necesitamos que digas que esto pasará pronto y que seguro que antes de lo que pensamos todo estará mejor y amanecerá de nuevo con mejores oportunidades laborales. Porque esta situación a veces nos hace caer hasta lo más profundo de nuestros miedos y no precisamos que indiques que tenemos recursos para conseguirlo, seguro que los tenemos, pero en ese momento no los vemos. Porque esta situación a veces nos abre antiguas heridas y no nos hace falta que nos alientes a buscar el lado bueno de la situación porque no seremos capaces de encontrarlo. Repito, en ese momento no.

Un despido no será el fin para ti, pero para la persona que estás despidiendo sí. El fin de algo que no sabe a lo que le llevará.

Porque a veces, ante un despido no caben muchas palabras, solamente hace falta prestar atención, únicamente hace falta una mirada de compasión o simplemente hace falta buscar un punto de conexión.

Por eso, solamente te pido que en ese pequeño instante que vamos a compartir… Déjame que me sienta pequeñita porque ese será el inicio de confiar de nuevo en mi potencial. Déjame que caigan lágrimas por mis mejillas porque las sonrisas de después serán más sinceras.

Déjame que espere mucho más de lo que sé que va a pasar porque aprenderé a gestionar mejor mis expectativas.

Déjame que no quiera hablar de lo que siento porque después de ese momento podré comunicarme con más coherencia.

Déjame que elija volverme invisible al mundo porque después de esa ausencia volveré a brillar con mi mejor energía.

Déjame que me sienta atrapada en mis pensamientos porque eso será el mejor comienzo de una nueva realidad.”

Hazlo simple y en ese momento que vamos a compartir solamente siéntate a mi lado y acompáñame a salir.

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