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Marta García San Martín, consejera de Grupo Persona y participante del XI Premio Literario RRHHDigital
XI Premio Literario RRHHDigital: 'La mujer Invisible'
POR Marta García San Martín, consejera de Grupo Persona y participante del XI Premio Literario RRHHDigital, 00:01 - 15 de Julio del 2021
XI Premio Literario RRHHDigital: 'La mujer Invisible'

Mírame, porque no soy invisible.

Mírame, porque sigo existiendo.

Mírame, porque no soy transparente”.

Así empezaba una carta que me escribió Lucía, cincuenta y cinco años, buena profesional, excelente formación, sólida experiencia, imagen elegante y discreta, comprometida, entregada, solidaria, luchadora, y recién despedida de una multinacional. Perdón, desvinculada.

Y Lucía seguía escribiendo y gritando…porque toda su carta era un grito amargo, no eran lamentos, era más profundo que una queja o un reclamo, era una emoción indescriptible y casi física.

“Mírame, porque no soy invisible.

Mírame, porque sigo existiendo.

Mírame, porque no soy transparente.

Había leído libros y ensayos sobre “la mujer invisible”, muy enfocados a la madurez y al climaterio y estaba preparada para navegar alegre y positiva por esa etapa de la vida en la que la mujer, que ha sido novia, esposa y luego madre de sus hijos, parece desaparecer de la vida pública.  Y de la vida íntima y de la sexual. Estaba preparada, dispuesta a seguir viva, visible, afectuosa, deseosa y deseable. ¡Y lo estaba consiguiendo!.

Pero lo que nadie me había contado, nadie me había advertido, es que un día, sin saber cómo ni por qué, me convertiría en la profesional invisible. ¡Sí, invisible!. Absolutamente invisible.

Porque invisible eres cuando miran a través de ti, como si fueras transparente.

Eres Invisible cuando se habla en grupo en el despacho, opinas y recibes respuestas tipo “no, es que esto es cosa de …fulanito, menganito o el departamento x”. O ni te contestan porque…como no te ven…tampoco te escuchan.

Porque invisible eres cuando no cuentan contigo para un proyecto, un nuevo desarrollo, un evento importante, una ponencia, un viaje de trabajo.

Empecé a escuchar excusas para no darme esas responsabilidades, algunas condescendientes “no queremos que te canses”, “mujer, si tú ya has demostrado mucho, descansa un poco”, otras despectivas “bueno, a ti esto te va a costar mucho entenderlo, mejor no te lo paso”.

Hablé con un compañero que, sorprendentemente, me vino a decir que me aprovechara de esa invisibilidad para pasar desapercibida y hacer lo que quisiera, o, mejor dicho, no hacer nada. Pero yo me negaba a ese “despido interior”, no aceptaba mi auto aislamiento, no aceptaba que sí, que era cierto, era invisible.

Empecé a reclamar, que no a pedír y la respuesta siempre era “Lucía, debes ser generosa, abrir espacios a gente más joven, darles oportunidades”.

 

Alguien me preguntó, “pero, ¿tú pides expresamente que te incluyan y que cuenten contigo?”. “Hombre, expresamente, no, se sobreentiende”. “eso no es pedir, es suponer, intuir e imaginar y como no sabes pedir, te dedicas a quejarte y echas más burkas y más telas negras sobre tu cabeza “.

Y como era consciente de que no sabía pedir, y no quería convertirme en una incómoda transparencia, contraté los servicios de un coach profesional. Y, desde luego, aprendí a pedir claramente y no a reclamar con subterfugios, ¡y fue un éxito!. Lo fue, indescriptible…pero solo en mi vida personal, porque en la profesional, como era transparente, cuando arrancaba mi petición formal, los ojos de mi interlocutor, o sobrevolaban por encima de mi cabeza, o simplemente atravesaban mi cuerpo transparente. ¿Os habéis sentido atravesados con la mirada alguna vez?, como si no tuvierais cuerpo, ni volumen, ni piel, ni huesos, ni músculos, ni vísceras. Solo aire y el vacío.

Entonces probé a pedir por escrito, y así tenía tiempo para reflexionar mis palabras. Medirlas, analizarlas, escogerlas. Curiosamente, nadie recordaba haber recibido nunca mis correos. También ellos eran transparentes e invisibles.

Reflexioné mucho sobre aquella frase en la que insistían “Lucía, debes ser generosa, abrir espacios a gente más joven, darles oportunidades”. Y comprendí que tenían razón, pero tampoco nadie me preguntó cómo quería que hiciéramos ese traspaso. Nadie me preguntó cómo me sentía yo, qué necesitaba, qué podía ofrecer a mis compañeros. ¡Y qué podían ofrecerme ellos a mí!.

Empecé a descubrir errores de los demás, no porque fuera más sabia, sino porque era más vieja y había caído previamente en los mismos. Es la suerte de haber recorrido el gran viaje que es la vida, “a mí eso ya me ha pasado”, “conozco el problema”, “ya tropecé en esa piedra”, “me equivoqué y aprendí”. Quise alertar, avisar de aludes y cataclismos, aportar las soluciones que yo supe encontrar en similares circunstancias, pero como era invisible y transparente seguían sus miradas sobrevolando mi cabeza.

Entré a formar parte del exclusivo grupo de seniors transparentes. Nuestras organizaciones están llenas de gente como yo. Y su soledad y su silencio me angustiaban aún más. Podíamos optar por ser fantasmas silenciosos, o amargados quejicas. Flotábamos en ese silencio y ese vacío que nos envolvían. Un club selecto de seres invisibles.

Dejaron de darme nuevos proyectos, me fueron recortando responsabilidades y, un día, llegó un doloroso despido, un entendible despido, un comprensible despido. Mis funciones eran mínimas y mi puesto prácticamente desapareció, se esfumó redistribuído entre ocho compañeros. Desmenuzado, hecho jirones. Quizás yo hubiera hecho lo mismo”.

El texto era mucho más largo, he querido traer la esencia de ese vacío que sienten los senior en nuestras organizaciones, de esa emoción de ser transparentes que sienten muchos profesionales en plena madurez, especialmente las mujeres. Un texto que rezumaba tristeza, soledad y abandono.

Pero, a pesar de su tristeza, Lucía nunca se rindió, se esforzó, luchó, investigó, navegó en su interior para encontrar lo mejor de sí misma , finalmente, se colocó en un lugar donde sus opiniones y su experiencia eran valoradas, disfrutó de diez hermosos años de nueva vida profesional y hoy es una alegre y jubilada abuela, activa y saludable.

Pero en mi cabeza siguen resonando sus palabras…

Mírame, porque no soy invisible.

Mírame, porque sigo existiendo.

Mírame, porque no soy EN ABSOLUTO transparente.

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