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Cristina Gadea Remacha, responsable de Employer Branding de Generali
La luz que me guía

Con motivo del lanzamiento del 11º Premio Literario RRHHDigital, recuperamos el artículo ganador de la pasada edición

POR Cristina Gadea Remacha, responsable de Employer Branding de Generali, 00:01 - 13 de Enero del 2020
La luz que me guía

Nicolás se levantó radiante. Había llegado ese día tan deseado. Después de muchos años trabajando para la compañía y empezando desde abajo, por fin había llegado “el momento”. Ya era director general. Desde hace un tiempo venía soñando con la idea y tenía diseñado su equipo pero le faltaba su mano derecha. Una persona de confianza, comprometida y luchadora. Este sería su primer objetivo en el cargo.

Llegó a la oficina y entró en su despacho. Lo primero que hizo fue poner la foto de su mujer y sus dos hijas. Lo que más quería en este mundo. Encendió el ordenador y miró la agenda. A las 10:00 tenía una reunión con Recursos Humanos para iniciar el proceso de selección.

Tras una búsqueda exhaustiva, le presentaron 3 candidatos finalistas. El primero era un chico muy joven, con ganas y potencial pero con muy poca experiencia. Alguien a quien podría moldear y enseñar pero no tenía tiempo para eso. El segundo candidato tenía muy buena experiencia y sobre el papel tenía buen perfil. Su motivación por el cambio era principalmente salarial, mostró muchas exigencias para el cambio. La tercera y última era Iria. Tenía una formación y una experiencia muy en línea con el proyecto. Estaba muy motivada por el cambio. No sólo le atraía el proyecto y la empresa  sino que además tenía muy buenas referencias de Nicolás, quien era muy conocido en el sector y ella quería aprender de los mejores.

 Tras una larga reflexión Nicolás finalmente se decantó por el segundo candidato. Iria le encajó desde el minuto uno que la conoció, conectaron enseguida. Le gustó su asertividad a la hora de contestar, era crítica cuando algo no le encaja y no le temblaba el pulso a la hora de disentir y expresar lo que pensaba. Los otros candidatos no lo habían hecho. El problema fue cuando le preguntó acerca de su disponibilidad, tuvo dudas de  su compromiso. Esto no le había pasado antes, no era normal tener dudas en él y optó por la opción más segura.

Ese mismo día Nicolás llegó a casa, le sorprendió ver a una de sus hijas. Normalmente se veían los fines de semana. Era miércoles por la noche y su intuición le hizo ver que algo pasaba. Estaba en lo cierto. Isabel lloraba desconsoladamente y a penas podía hablar. Tardó en tranquilizarla y cuando lo consiguió, le pidió que le explicara qué había pasado. No entendía que había ocurrido para que estuviera en ese estado. Isabel le recordó el proceso de selección en el que estaba participando. “Es verdad se me había olvidado por completo, con lo importante que era para ella” pensó Nicolás. Tras haber pasado múltiples fases del proceso con todo tipo de pruebas y entrevistas la habían descartado. Fue en la última fase, en la entrevista con el director. Le preguntó si tenía familia y ella le dijo que si, que tenía dos niños pequeños. Esa fue la última frase que pronunció. Fue el detonante para quedar descartada automáticamente del proceso y así se lo hicieron saber. Querían a alguien que pudiera estar comprometido al cien por cien. Isabel no lo entendía y curiosamente Nicolás tampoco. “Qué tendría que ver los hijos con el compromiso” pensó Nicolás. Su hija, quien tenía el bachillerato Internacional, uno de los mejores expedientes académicos, doble grado, dos idiomas y una experiencia consolidada. ¡Qué más podían pedir!. Su pequeña Isabel, una mujer trabajadora y luchadora como ninguna. Todo lo que había conseguido había sido con mucho esfuerzo y tesón. No entendía qué había fallado. Le habían roto sus ilusiones y esperanzas. Por primera vez en su vida él no podía hacer nada por su hija, sólo escucharla y acompañarla en silencio. Nada de lo que le dijera podría consolarla y hacer desaparecer ese sentimiento de impotencia.

Habían pasado ya unos cuantos años desde aquella entrevista. Iria estaba en una sala del palacio de congresos preparándose el discurso de agradecimiento, de fondo se escuchaba a Mozart. La música clásica le relajaba y le ayudaba a concentrarse. En la actualidad era CEO de una multinacional con sede en España, cinco mil familias dependían de ella. Su empresa recibía un premio por ser todo un referente en políticas de conciliación.

Tocaron la puerta de la sala, había llegado la hora. Tenía el discurso muy preparado. Había tenido que derribar muchos obstáculos para llegar a donde estaba y tener las políticas que tenía su empresa. Subió al estrado y miró al frente. Una sala repleta de autoridades e invitados. Pero sobre todo su familia. Ellos habían sido la luz entre tanta oscuridad que le habían guiado en el camino. Internamente reconocía que Nicolás había colaborado en parte a diseñar ese camino.

“Gracias a todos por este premio. Es un reconocimiento a la labor que todo mi equipo ha realizado para hacer de nuestra empresa el mejor lugar para trabajar. El camino no ha sido fácil, hemos luchado mucho y nos hemos enfrentado a muchos obstáculos pero afortunadamente hoy estamos aquí. Si me permitís os contaré una pequeña historia. Hace unos años hice un proceso de selección. Estaba muy ilusionada, era la oportunidad que siempre había estado buscando. Me esforcé mucho por llegar a ser finalista, sentí que estaba tocando con la punta de los dedos la meta. Casi al final de la última entrevista me preguntó el director general si tendría plena disponibilidad y le dije que si. Animada por la confianza y la buena energía que había en la sala, confesé que en un futuro me gustaría tener familia ya que ése era otro de mis objetivos en la vida. De repente la energía cambió, el ambiente se volvió serio y gris. No me acuerdo exactamente que me dijo, lo he borrado de mi mente, pero todavía recuerdo cómo me hizo sentir. Fue como si se hubiera detenido el tiempo, la sala me daba vueltas y tenía el corazón en un puño. A penas podía respirar, no podría creerme lo que me estaba diciendo. Fue duro aceptar que mis capacidades pero sobre todo mi compromiso dependían de tener o no tener hijos. Ese día decidí que nadie me podría decir con qué cosas podría y con cuales no.

Hoy soy madre, CEO, deportista, profesora y voluntaria y llego a todo. Quiero aprovechar para dar las gracias a ese director que me hizo ver la realidad de lo que quería. Que me enseñó a ser fuerte, que me animó a luchar por mis sueños pero sobre todo a levantarme ante los obstáculos. Dirijo una empresa donde la ilusión y la coherencia son la base del compromiso y nadie me va a arrebatar este sueño”. Los aplausos arroparon a Iria.

Nicolás estaba entre el público, estaba jubilado. Había visto el acto anunciado y sintió curiosidad por asistir y verla de nuevo. Tras escucharla solo pudo asentir y llorar mientras se marchaba.

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