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Renato Grinberg,
El síndrome de “no me compensa”
POR Renato Grinberg, , 00:00 - 04 de Febrero del 2015

Jonathan no conseguía estabilizarse en un trabajo, a pesar de tener una excelente formación, pues siempre estudió en buenos colegios. La universidad a la que asistió no era la mejor, pero para una licenciatura en administración de empresas tampoco era de las peores.

Procedía de una familia de clase media alta y a los treinta años aún vivía con sus padres. En la cultura latinaeso es aceptable; en los Estados Unidos, si uno todavía vive con sus padres a los veinticinco años, ya se le considera un gran perdedor. Sin embargo, el hecho de vivir aún con sus padres no era el problema. Lo más preocupante es que, a los treinta años, nunca había estado más de seis meses en un trabajo. Había trabajado en cuatro o cinco empresas pero, sumando toda su experiencia en esas empresas, no llegaba a más de dos años. También había intentado emprender algún negocio conjunto con amigos, pero nada había funcionado muy bien.

Al hablar de su situación laboral me decía que era complicado: el mercado estaba difícil y que, incluso después de haber hecho algunas entrevistas, no encontraba «nada decente». Cuando le preguntaba qué pasaba en sus empleos, el patrón de respuesta era el mismo: 

—Yo estaba matándome a trabajar y no era apreciado. No me compensaba.

O me decía que se enfrentaba a un tráfico infernal para llegar a la empresa X porque estaba muy lejos de su casa. Por tanto, no valía la pena. 

En la empresa Y tendría que sacrificarse muchos años para tener un trabajo decente. Así que no me compensa. En otras ocasiones, las funciones que le tocaban «eran ridículas»; «Yo era capaz de más». Así que no compensaba.

Cuando yo le preguntaba sobre la posibilidad de hacer cualquier trabajo, incluso hacerlo de forma temporal en una tienda o algo así, hasta que surgiera una oportunidad mejor, su respuesta era... 

—Bueno, ya sabes, ¿verdad?

Como su familia tenía una situación financiera favorable, él acababa aprovechándose de esta circunstancia porque no necesitaba trabajar para sobrevivir.

Un día todo cambió en su vida. Fue invitado a ser el director de una gran multinacional con un salario astronómico, en un puesto que tenía poca presión y con un detalle: la empresa estaba a solo dos manzanas de su casa. Así que... 

¡Ops, paremos las máquinas! ¿Será ese realmente el final de esta historia? Por supuesto que no. Si no le ha resultado extraña la secuencia de acontecimientos mostrada, cuidado, porque el síndrome de no me compensa te puede haber contaminado. Este es el final imaginado por aquellos que sufren de este mal.

El verdadero final es muy diferente y totalmente esperado. Mi amigo tiene más de cuarenta años, a la espera de que la gran oportunidad aparezca y, por supuesto, continúa viviendo con sus padres. Y se quedará allí hasta que sus padres miren al cuarentón que está en el sofá y digan: 

¡Esto sí que no nos compensa! 

El gran error que tuvo Jonathan fue confundir las oportunidades profesionales que se iban presentando con su objetivo final. Esa comparación es fatal, ya que conduce inevitablemente a la frustración. Las oportunidades laborales deben ser vistas como etapas de un proceso que debe conducir a un objetivo. Es genial cuando descubrimos atajos, pero mi amigo quería saltarse todas las etapas y llegar directamente desde el sofá de su casa al trabajo de sus sueños. Eso, simplemente, no va a suceder.

Por eso, no importa el tamaño de la oportunidad, lo que importa es si está en la dirección de tu objetivo o no. Insisto en este punto: una oportunidad que puede parecer ser insignificante, si está en la dirección de tu meta, vale mucho más que una buena oportunidad en otra dirección. 

 

eso es aceptable; en los Estados Unidos, si uno todavía vive con sus padres a los veinticinco años, ya se le considera un gran perdedor. Sin embargo, el hecho de vivir aún con sus padres no era el problema. Lo más preocupante es que, a los treinta años, nunca había estado más de seis meses en un trabajo. Había trabajado en cuatro o cinco empresas pero, sumando toda su experiencia en esas empresas, no llegaba a más de dos años. También había intentado emprender algún negocio conjunto con amigos, pero nada había funcionado muy bien.
Al hablar de su situación laboral me decía que era complicado: el mercado estaba difícil y que, incluso después de haber hecho algunas entrevistas, no encontraba «nada decente». Cuando le preguntaba qué pasaba en sus empleos, el patrón de respuesta era el mismo: 
—Yo estaba matándome a trabajar y no era apreciado. No me compensaba.
O me decía que se enfrentaba a un tráfico infernal para llegar a la empresa X porque estaba muy lejos de su casa. Por tanto, no valía la pena. 
En la empresa Y tendría que sacrificarse muchos años para tener un trabajo decente. Así que no me compensa. En otras ocasiones, las funciones que le tocaban «eran ridículas»; «Yo era capaz de más». Así que no compensaba.
Cuando yo le preguntaba sobre la posibilidad de hacer cualquier trabajo, incluso hacerlo de forma temporal en una tienda o algo así, hasta que surgiera una oportunidad mejor, su respuesta era... 
—Bueno, ya sabes, ¿verdad?
Como su familia tenía una situación financiera favorable, él acababa aprovechándose de esta circunstancia porque no necesitaba trabajar para sobrevivir.
Un día todo cambió en su vida. Fue invitado a ser el director de una gran multinacional con un salario astronómico, en un puesto que tenía poca presión y con un detalle: la empresa estaba a solo dos manzanas de su casa. Así que... 
¡Ops, paremos las máquinas! ¿Será ese realmente el final de esta historia? Por supuesto que no. Si no le ha resultado extraña la secuencia de acontecimientos mostrada, cuidado, porque el síndrome de no me compensa te puede haber contaminado. Este es el final imaginado por aquellos que sufren de este mal.
El verdadero final es muy diferente y totalmente esperado. Mi amigo tiene más de cuarenta años, a la espera de que la gran oportunidad aparezca y, por supuesto, continúa viviendo con sus padres. Y se quedará allí hasta que sus padres miren al cuarentón que está en el sofá y digan: 
¡Esto sí que no nos compensa! 
El gran error que tuvo Jonathan fue confundir las oportunidades profesionales que se iban presentando con su objetivo final. Esa comparación es fatal, ya que conduce inevitablemente a la frustración. Las oportunidades laborales deben ser vistas como etapas de un proceso que debe conducir a un objetivo. Es genial cuando descubrimos atajos, pero mi amigo quería saltarse todas las etapas y llegar directamente desde el sofá de su casa al trabajo de sus sueños. Eso, simplemente, no va a suceder.

Por eso, no importa el tamaño de la oportunidad, lo que importa es si está en la dirección de tu objetivo o no. Insisto en este punto: una oportunidad que puede parecer ser insignificante, si está en la dirección de tu meta, vale mucho más que una buena oportunidad en otra direc

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