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Javier Fernández Aguado, presidente de Mindvalue
Descubriendo a Hitler
POR  Javier Fernández Aguado, presidente de Mindvalue, 00:13 - 16 de Septiembre del 2014

Hace años emprendí la búsqueda de la respuesta a una cuestión: ¿cómo un individuo convirtió a un país europeo en una máquina de matar? ¿Qué sucedió en la Alemania de Heinrich Mann, Erich Maria Remarque, Arnald Schönberg o Max Beckam, por mencionar a algunos de los prohombres del momento para que perdiera el norte de manera atroz?

He dedicado miles de hora a la investigación y a visitar los lugares donde sucedieron los hechos. El fruto ha sido el libro El management del III Reich (LID Editorial, 2014).

¿Merece la pena estudiar a Hitler y su estilo de management?, me he interrogado muchas veces. Considero que la contestación ha de ser positiva. En primer término, porque marcó una época. Hay siglos que quedan encuadrados por individuos más que por sucesos. El XX es uno de ellos, y Hitler uno de los actores clave. También, porque directivos en el ámbito de la política y también en el de las organizaciones públicas y privadas mimetizan comportamientos de quien, por otra parte,  repudian con el calificativo –totalmente acertado- de cruel asesino.

En El management del III Reich procuro desvelar cómo es posible que haya personas que bloquean su capacidad de pensar, incluso cuando son intelectualmente válidas. El bloqueo mental –la auto censura- acaece en el ámbito político, pero también en el meramente organizativo con lacerante frecuencia.

Hitler, al igual que muchas personas, se propuso diseñar un modelo que explicara el universo en su conjunto. En ese paradigma (Weltanschauung) debía entrar la realidad: la estructura del Estado, la economía, las razas, la geografía, el estilo de gobierno, etc.

Hitler nutrió la mentecata osadía de creer ciegamente en sus disparatadas propuestas, y a la vez la voluntad férrea de hacerlas realidad. El III Reich es la conversión en el mundo real de unos bosquejos elaborados por un enfermo que dispuso del poderío para plasmar teorías enloquecidas.

¿Qué había detrás de Hitler? Una ideología compuesta por dos afluentes, reflejados en el nombre del partido que condujo al poder: el nacionalismo y el socialismo.

El Führer fue una nacionalista obsesivo. Sólo por excepción se distancia el nacionalismo del racismo. El fracasado pintor austriaco consideraba a las demás especies como inferiores. No es legítimo que alguien por haber nacido o residido en determinado lugar se considere con derecho a menospreciar a otros. El racismo-nacionalista es una enfermedad ligada a un sentimentalismo sin iluminación intelectual, aunque intente racionalizarse. Se difunde gracias a un reducido grupo que navega, camino del enriquecimiento, sobre la bobería de quienes les ensalzan. La teoría de la raza propia del nacionalismo fue punta de lanza de Hitler para conquistar el poder y luego mantenerse.

Como avezado nacionalista, Hitler enredó siempre con el truco del agravio. Suceda lo que suceda y hagan los demás lo que hagan, el nacionalista enarbola la denuncia de supuestos ultrajes. Una retorcida imaginación encontrará provocación donde hay sentido común o… nada. La ignorancia de los otros por sus extemporáneas reclamaciones será denunciada por el nacionalista como menosprecio. Los vericuetos de la fantasía racista son innumerables.

En Alemania, como en otros enclaves y épocas, el nacionalismo fue agitado por quien ni siquiera nació en el terruño que esgrimía como arma arrojadiza. ¡Un austriaco excitó una frenética emoción en un país que no era el suyo y que hasta 1870 ni existía! Al igual que en otros lugares del planeta, manoseó sentimientos y conjeturados ultrajes para apalancar ínfulas.

El nacionalismo-racista se halla en la raíz del antisemitismo. Hitler procuró que los jóvenes se impregnasen de esas doctrinas envilecidas desde la pubertad. Se lee en un texto infantil alemán impreso en 1936: “el diablo es el padre del judío. Cuando Dios creó el mundo, inventó las razas: los indios, los negros, los chinos.  También la maligna criatura llamada el judío”.

Hitler se consideraba el definitivo aplicador de conceptos marxistas. No sólo no se presentaba como su opositor, sino como el conspicuo implantador de ese régimen en el que las personas no importan y lo único relevante es el colectivo denominado Volk que tantas veces empleó Hitler como escudo para perpetrar execrables crímenes. Cito literalmente: “el nacionalsocialismo es lo que el marxismo hubiese podido ser si se hubiese desligado de la unión absurda, artificiosa, con una ordenación democrática”

Su socialismo no fue el de la propiedad sobre los bienes, sino la relación que cualquier ciudadano tiene con el Estado. Él no socializaba propiedades, sino personas.

Hitler aniquiló la vida de muchos, pero sobre todo la capacidad de pensar. Hoy, desde otras ideologías, se multiplican los energúmenos y demagogos que pretenden lo mismo con propuestas tan disparatadas como las del cabo austriaco.

El management del III Reich no es un mero libro de historia, es una obra con enseñanzas aplicables al día a día de cualquier persona.

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